Hola. Soy Omar Babun. Sí, se pronuncia igual que “baboon”, babuino en inglés. No es de extrañar que de chiquito me dijeran “monkey boy”, el niño mono.
Pues déjame contarte lo valioso que fue tener este apellido tan único que me convertía en un blanco tan fácil.
Babun viene de mi padre, un cubano fuerte que sabía sacar algo de la nada. Era trabajador, perseverante y valiente. Sin siquiera saber inglés, fundó una exitosa compañía de camiones en este país. ¡Mi papá era mi Superman! Era poderoso y, a mis ojos, invencible…
Hasta que un día.
Yo tenía nueve años cuando un desconocido tocó a mi puerta con mi papá en sus brazos. Lo acostó en el sofá y se fue. Ese fue el día en que la muerte venció a mi Superman. Sin que yo lo supiera, mi papá llevaba tiempo luchando contra el cáncer y le había escondido esa “debilidad” a su fan número uno. La enfermedad se llevó su cuerpo, pero su vida y su legado siguen en mí, el ‘monkey boy’.
Lo único que quizás nunca le perdone a mi papá es haberme dejado solo con cinco mujeres en la familia: mi mamá y mis cuatro hermanas mayores. ¡Estaba en clara desventaja! Nunca faltaba el drama ni las figuras maternas diciéndome qué hacer con mi vida. Pero Dios me dio a Rey, el esposo de mi hermana mayor. Él asumió el papel de padre y me trató como a un verdadero hijo. Rey me llevaba de viaje con la familia, me consentía con regalos pensados y me enseñó a manejar.
Pero por encima de todas las lecciones, hubo una en particular que sé que solo Rey me podía haber enseñado: a ser un hombre de palabra. Me hacía responsable de mis actos y me dio el ejemplo de ser confiable, cumplidor y firme.
Poco después de la muerte de mi papá llegó Rick, un hombre brillante y culto que se casó con mi mamá. Rick me dio el amor de un padre respetando siempre la memoria de mi papá. Era cariñoso, se interesaba por todo lo que yo hacía y me enseñó a amar la lectura, el baile y la música. Mi padrastro me empujaba a ser mejor y a nunca conformarme…
Hasta que un día.
A él también lo venció el cáncer. Rick se fue con mi papá al Cielo cuando yo tenía 24 años.
Su legado siguió en mí cada vez que rompía el hielo bailando en las fiestas de casa cuando era joven. También lo honré trabajando duro por una carrera exitosa y sin conformarme nunca con menos de lo que puedo dar.
Aunque tuve la dicha de contar con tres figuras paternas increíbles que me enseñaron muchísimo sobre la vida y los valores, nunca tuvieron realmente la oportunidad de enseñarme sobre las muchachas.
Puede que en ese tema fuera un poco torpe de joven. Era romántico cuando había que hacerse el interesante, y demasiado amable cuando lo que funcionaba era hacerse el difícil. Sin embargo, mi familia me había querido tanto que ni me enteraba de lo que otros pensaban de mí en la escuela cuando me decían ‘monkey boy’. No ser el popular de la escuela no me afectaba, pero ayudaba que era muy atlético y dedicado a los deportes.
Estaba en mi primer año y era estrella de water polo en Christopher Columbus High School cuando por fin conocí a una muchacha dulce que me quería tal como yo era. Sentía que podía estar con ella para siempre…
Hasta que un día.
Era una tarde hermosa. Ella vino en bicicleta a verme y pasamos un rato increíble juntos. Cuando llegó la hora de irse, ella cruzó la avenida y yo me fui en la dirección opuesta. Como en las películas románticas, miré hacia atrás para verla irse, y vi cómo una SUV grande lanzaba su delicado cuerpo contra el suelo. Corrí a abrazarla y sentí sus últimos suspiros en mis brazos mientras su vida se apagaba.
Pérdida. Duelo. Dolor.
Los conocí demasiado bien desde muy temprano en la vida. Pero ha sido el mismo dolor el que me entrenó en una de las herramientas más poderosas que puede tener un joven…
Resiliencia
La capacidad de levantarse otra vez.
Aunque sentí que mi mundo se hacía pedazos con cada pérdida, logré reconstruir mi vida más fuerte cada vez.
Aprendí a tener fe y a enfocarme en mis bendiciones en medio del dolor. También entendí que, aunque las dificultades parecen permanentes mientras las vives, también pasan, si tú decides que pasen.
Entendí que perder es una oportunidad para ganar.
Perdí a mi papá, pero gané dos más.
Perdí a mi dulce novia, pero Dios me dio la esposa más increíble que un hombre podría pedir.
El dolor es el abono del crecimiento. Es una oportunidad para ser más fuerte y mejor.
Mi mamá lo sabía bien. Esta mujer dulce y cariñosa dedicó su vida a mantener la nuestra unida. Trabajó duro para mantenernos y aún más duro para demostrarnos amor. Mi madre es el rostro de Dios en mi vida. Hacía milagros para darnos todo y nos enseñó con su ejemplo el amor, la lealtad, la fe y la perseverancia. Mis hermanas no se quedaban atrás. Al final, el exceso de estrógeno en mi casa resultó ser una bendición.
¡Tanto así que me conocen como la mejor “soccer mom” del pueblo! Sí, yo soy ese papá.
Hasta que un día.
Me tocaba a mí ser esa persona que creyera en ellos. Sé por experiencia propia lo mucho que significa tener personas a quienes les importas lo suficiente como para dar la cara por ti y empujarte más allá de los límites que te imponen las circunstancias de la vida. Entiendo el dolor y la impotencia, pero lo que mejor conozco es la resiliencia y la esperanza. Es mi responsabilidad ética y cristiana compartir las lecciones de mi vida. Y eso es lo que me ha llevado a acompañar como coach a niños, adolescentes y jóvenes adultos que quizás están pasando por un mal momento o se sienten perdidos.
Dejé mi carrera de ingeniero biomédico para dedicarme a la compleja ‘ingeniería bio-psico-social’ de los seres humanos, como me gusta llamarla.
Soy maestro y coach, pero siempre seré un estudiante que busca mejorarse a sí mismo y a los demás. Sigo enseñando a estudiantes de high school y participando en formaciones de Life Coach y Psicología con la Dra. Betsy Guerra, reconocida psicoterapeuta en Miami, Florida.



